
Una de las inmediatas consecuencias del estallido de la guerra civil española fue el exilio de un gran número de escritores, científicos e intelectuales cuya actividad estaba proporcionando al pais, despues de muchos siglos, un nuevo periodo de bonanza cultural, que se ha dado en llamar la Edad de Plata de la cultura española. Por fortuna, muchos de estos intelectuales continuaron ejerciendo su tarea literaria en sus respectivos paises de acogida.
Esta Literatura del exilio supone una parte fundamental de la cultura española del siglo XX, así que cuando editoriales como la sevillana Renacimiento, o la gallega Ediciós do Castro, ponen en marcha colecciones destinadas a rescatar las obras de escritores españoles exiliados independientemente de su fama o posterior trascendencia literaria, que menos que acercarse a echarles un vistazo.
La biblioteca ha adquirido recientemente una buena muestra de esta producción literaria (Biblioteca del exilio), entre los que se encuentran obras de autores tan conocidos como Luis Cernuda, María Teresa León, Ramón J. Sender, Max Aub o José Bergamín, junto con otros autores de menor renombre pero igualmente interesantes, como Carmen Muñoz, Virgilio Botella, Matilde Torre o Antonio Aparicio. Todo un tesoro litarario.
Dentro del panorama actual de la narrativa Sudamericana, uno de los escritores que destacamos es Cesar Aira. De nacionalidad Argentina, este escritor ha publicado numerosos libros, varios se pueden encontrar en la biblioteca del instituto.
Un amigo de esta bitácora nos manda un interesante enlace a un blog argentino que establece vínculos entre la serie “lost” y la literatura. Lost es una de las pocas series de televisión a las que un servidor ha tenido tiempo de prestarle atención últimamente, y no hay que ser muy observador para entender los homenajes literarios que se van sucediendo, algunos tan cercanos como el de la invención de Morel de Bioy Casares o las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda. Pero lo que consigue
B. Traven era un tipo curioso. Nadie sabe demasiado sobre él, siquiera su verdadero nombre. Y es que este personaje, alemán según unos, americano según otros, mexicano por decisión propia, pasó gran parte de su juventud sin nombre fijo, sin pasaporte, y sin querer nunca una nacionalidad o país definidos hasta que finalmente se naturalizó como ciudadano mexicano. De hecho, dejando aparte el indudable origen extranjero de Traven, su obra ocupa un lugar importante en la creación literaria mexicana por los retratos de ha dejado de sus lugares, sus ambientes, sus gentes y su alma.
A pesar de la fama que alcanzarían sus libros, Traven siempre huyó de la publicidad tratando de ocultar su identidad. Sirva como ejemplo esta divertida anécdota. John Houston solicitó la ayuda de Traven para la producción de la pelicula. Conociendo el tipo de persona que era Houston, no es de extrañar que tras la lectura del libro esperase a un hombre de talante fuerte y presencia notable, así que quedó muy decepcionado cuando llegó un personajillo muy reservado que se disculpó en nombre de Travén, diciendo que era su asistente personal, Hal Croves. Hal Croves permaneció en el rodaje todo lo que su presencia fué requerida, pero nunca llegó a hacer gran amistad con el arrognate director. Había pasado ya algún tiempo desde el rodaje cuando John Houston empezó a poner en duda la verdadera identidad de Croves, llegando a comentar incluso que estaba seguro de que aquel curioso personaje que decía ser el asistente peronal de Traven, era en realidad el propio Traven. Y efectivamente así era, como confesaría el mismo poco antes de morir.
Un usuario de la biblioteca me pone al tanto de una estupenda revista cultural colombiana llamada “NÚMERO’ que empezó a publicarse en 1993 y que ha resistido hasta nuestros días. Lo bueno de esta revista, además de sus buenos artículos, es que ofrece muchos de sus textos completos, no solo del número actual, sino de ediciones anteriores. En número colaboran firmas tan importantes como William Ospina, Cobo Borda o Germán Espinosa. Si tenéis un ratito, visitad 
De vez en cuando me preguntan que es lo mejor de ser bibliotecario, la gente tiene una idea muy particular sobre como se desarrolla nuestro trabajo, imaginan que podemos detenernos infinitamente en los libros con los que trabajamos y que nuestra jornada se reducen a tranquilas horas de lectura interrumpidas de vez en cuando por algún usuario, nada más lejos de la realidad. Precisamente una de las peores cosas de ser bibliotecario, es ver pasar todos esos libros, sobre los que solo puedes detenerte un instante, que apuntas en tu lista mental de libros que tienes que leer, pero que en el fondo sabes que nunca leerás. Todos esos libros nunca leídos, aunque están al alcance de la mano, solo hay que acercarse a la estantería, constituyen una pequeña tortura a la que nos enfrentamos diariamente la mayoría de los bibliotecarios, o al menos este servidor. Si hay bibliotecarios entre la audiencia ¿Qué es lo peor de ser bibliotecario?.
