Relatos
Algo diferente
por Odyll Santos
Había pensado en esto hacía mucho tiempo… Durante el día… Durante la tarde… Durante la noche… Al despertarse cada día… Al acostarse cada noche. Al desayunar con el café y el pan ignorando los tonos animados de la televisión. Al almorzar en medio del murmullo de las máquinas en la oficina. Al cenar sin prestar atención al susurro de las páginas del periódico que hojeaba sin leer.
No paraba de pensar de esto. Creaba escenas en su mente. Imaginaba lo que iba a hacer. Soñaba lo que iba a pasar. Rezaba para poder realizarlo. Y después de todo, esperaba. Esperaba la oportunidad. La oportunidad de hacer algo. . . diferente.
Trabajaba en la oficina en la duodécima planta para La Compañía. Entre el vidrio de las ventanas y el acero de las columnas aparecían los espacios para los empleados, cada uno separado por una pared baja de color gris, harmonizando con el gris oscuro de la alfombra vieja y a veces con el gris de los trajes casi elegantes de los gerentes y el gris pesado del cielo durante los días del invierno. Y en estos espacios quedaban los escritorios y los empleados, rodeados por pilas de papeles, hipnotizados por el ritmo de sus dedos tipiando en los teclados, vestidos, por supuesto, en varios matices de gris, a veces acentuados con algo blanco o negro.
Él era como ellos. Durante el día se sentaba ante su escritorio lleno de papeles marcados con tinta negra, archivos de los proyectos, de los documentos y las publicaciones del mercadeo a cuales debía contribuir algun texto declarando los virtudes de La Compañía, los beneficios de sus productos, las ventajas de sus servicios, las grandes habilidades de los gerentes y los directores, la dedicación de sus departamentos, y las declaraciones sinceras de servir a cada cliente. Éste era su trabajo. Crear combinaciones de palabras para presentar La Compañía en la luz más positiva. Era una empresa que servía todos los deseos de sus clientes y que lo hacía con toda la eficiencia que podía exprimir de cada cuerpo que decidía incorporarse en su ejército de empleados.
Y cuando llegó la noche, limpiaba el escritorio del esfuerzo del día. Debía guardar todos los papeles, todas los ideas, todas las notas que tomaba durante las conferencias para que nadie, nadie pudiera saber lo que estaba haciendo, los textos que estaba escribiendo, las preguntas a que estaba respondiendo. Seguía este requisito especial, casi una ley, de La Compañía que cada empleado guardara todos los documentos. Si no los guardaba, alguien – no sabía quién – podría enterarse de los secretos de La Compañía. Por eso, los papeles volvían a sus propias carpetas que volvían a sus propios espacios en el archivador al lado del escritorio que tenía le seguridad de una fuerte cerradura.
Esa era la vida cotidiana en esta oficina. Despertarse temprano, vestirse de gris, salir a la calle con las masas, llegar a su propio escritorio en su propio espacio, tipiar las palabras, declarar las virtudes de La Compañía en alguna publicación, enfatizarlo en otra, decirlo otra vez hasta que olvidara cuántas veces lo había dicho, guardar todo en los archivadores, volver a casa.
Un año allí se extendió a dos y después a tres, cuatro, cinco hasta que sólo sabía que estaba trabajando allí hacía muchos años. Empezó a sentir que estaba allí hacía más de cien años. Y en este momento de su vida, empezó a pensar en algo. . . diferente.
Empezó a cuestionar la vida laboral. Cuestionar por qué arreglaba sus papeles en pilas sumamente organizadas con los bordes de cada hoja perfectamente alineados para que formaran rectángulos perfectos. Por qué usaba combinaciones de palabras que sólo los gerentes y los directores comprendían. Por qué se vestía de gris como los otros empleados aunque había otros colores más interesantes y más vivos en el mundo. Por qué seguía el ritmo de la eficiencia aunque ciertamente había otros ritmos en la vida.
Empezó a pensar en las posibilidades. En vez de pilas rectangulares, pilas de varias formas esparcidas por todas partes del escritorio. En vez de combinaciones complejas de palabras, frases simples y comprensibles. En vez de trajes grises, ropa de los colores del arco iris. En vez de un horario rígido, tiempos más libres en que podría conversar un poco.
Pensaba en estas ideas y le gustaban todas.
Un día, había en la oficina un aire diferente. Llegó a su escritorio tres minutos después de las nueve, abrió la archivadora y tomó los papeles y los puso aquí, allí, allá, se arregló las solapas de su traje, y se sentó y comenzó a hablar a unos empleados, diciendo — ¡Qué buenos que estaban el sol y el cielo y los árboles y los pájaros afuera! — Pero después de pronunciar estas palabras animadas, encontró un gran silencio. Los ojos de los empleados eran círculos grandes, sus bocas abiertas, sus caras heladas por el choque de oir su voz, de oir este ruido romper la harmonía del sonido de sus dedos tipiando. Además, no llegó a las nueve en punto como siempre hacía cada día y estaba hablando sobre cosas que no tenían ninguna relación con el trabajo importante de la oficina. Su escritorio estaba absolutamente desarreglado, cubierto de papeles, papeles que no estaban en pilas organizadas. Y su traje — ¡Qué horror! Era rojo.
Era una certeza que este día iba a ser un día inolvidable. Ahora, los dedos de los empleados no podían pulsar los teclados al ritmo hipnótico, las pilas organizadas de papeles empezaron a caer y los papeles volaban libres alrededor de los escritorios, los hombres y las mujeres no podían resistir algunos vistazos al rojo que había manchado el gris perfecto de la oficina.
Estaba sonriendo porque ahora, sabía que tenía la habilidad de sonreir. Su jefe, el director del departamento, normalmente serio, estaba nervioso al notar que los dedos de los empleados no podían tipiar al ritmo usual y que la perfección del ambiente había sido destruida.
Su sonrisa permaneció todo el día. Había hecho algo diferente y esto le gustaba mucho. Era diferente y podía sonreir y reir. Tuvo suerte que el director no le despidió. ¿Y mañana? Mañana, volvería a la oficina. Pero iba a vestirse de amarillo.